Juan Gil-Albert: vocación, compromiso y belleza (II)

ANTONIO MORATÓN | REA nº 3 | Publicado en Diciembre de 2013

Juan Gil-Albert estuvo inmerso en un exilio interior apartado de las corrientes dominantes, por eso algunos críticos lo consideran un miembro descolgado y aislado de la Generación del 27. Su falta de contacto con los medios sociales y culturales del franquismo es absoluto y vivió inmerso en años de febril e intensa escritura. La gran pregunta es, ¿qué habría hecho el anarquista Gil-Albert en nuestros tiempos, sin una pistola franquista a la vuelta de la esquina, pero con su nombre emborronado por la corrupción del IAC alicantino que le roba el prestigio, pero que no reedita sus obras…? En 1972 la colección “Ocnos“, dirigida por el poeta Joaquín Marco, Doctor en Filología Románica por la Universidad de Barcelona, publicó Fuentes de la constancia, antología poética que le rescató de la marginación con poemas inéditos, donde se recopilan textos de los inicios poéticos de Gil-Albert; aquí el autor se revela ya esteticista, mediterráneo, lleno de vida y reflexión, el poeta asume un gran compromiso ideológico contra las fuerzas fascistas y en favor de la república; y en 1974 se publicó Crónica general, que le hizo ganar popularidad entre el gran público. En los años posteriores aparecieron numerosas obras publicadas pero la consagración definitiva le llegaría en 1982 con el Premio de las Letras del País Valenciano, fueron años de homenajes como la medalla al Mérito de Bellas Artes, o el nombramiento de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante e Hijo Predilecto de Alcoy.

Juan GilAlbert (1)

Juan Gil-Albert Simón

Para Juan Gil-Albert su creación poética se interrelacionaba y complementaba con la prosa, en un intento de que ambas no rivalizaran como podemos apreciar en palabras del propio autor: “Dije, en una ocasión, que escribía poesía para evitar que mi prosa se poetizara; exactamente, ya que una prosa puede ser inspirada pero no poética, o no debe serlo, como una casa puede tener un jardín sin ser él; su luz, su color, su aroma, la invaden; y no es un anexo, es, como si dijéramos, lo más intocable, lo más íntimo; aquel huerto es su respiración, o bien, la casa respira por su huerto”. Publicó los autobiográficos Heraklés y Breviarium Vitae en 1975 y 1979 respectivamente: Breviarium es uno de sus libros más reveladores en el que la estética se define, precisamente, por esa interiorización de la materia narrativa que define el mundo: «El mundo se me aparece como una noria ruinosa de la cual el hombre, dando vueltas de eternidad con los ojos vendados, va extrayendo el agua viva de la existencia». Su Obra completa en prosa en varios volúmenes fue editada en 1985 por la Institució Alfons el Magnànim. Juan Gil-Albert da nombre al Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, que en 2004 editó su Poesía Completa, incluyendo sus poemarios y obras en verso aparecidas en revistas. Juan Gil-Albert Murió en Valencia el 4 de julio de 1994.

Tras su muerte y póstumos homenajes, Gil-Albert parecía afectado por un olvido similar al que ya vivió y experimentó, aunque las causas sean ahora otras, fundamentalmente el poder de ocultamiento de un mercado editorial esclavo de las novedades, incapaz de reeditar productos no explícitamente demandados, aunque sea la obra de uno de los más valiosos escritores de nuestra historia literaria reciente. Así, encontrar algunos de sus títulos, empieza a ser difícil.

Cuando hablamos de una figura como la de Juan Gil-Albert, podemos pensar en una mezcla de vanguardismo y surrealismo en sus comienzos, en compromiso con la realidad de su tiempo a raíz de su experiencia durante la Guerra Civil Española y su exilio, fidelidad a sí mismo, en un carácter insobornable por naturaleza, rebelde en ocasiones, de amplios referentes culturales grecolatinos -en este sentido la única referencia actual en la literatura alicantina con alcance universal sería, pues, Artur Balder- y de una sensibilidad epicúrea extrema hacia la belleza, que se mueve entre la narración y la evocación, entre la reflexión y la crítica. Quizá por eso su obra en prosa es una de las más memorables del siglo XX y como poeta influyó poderosamente en la lírica de los años 1970, a partir sobre todo de la eclosión que tuvo lugar en el año 1974. En breves palabras, literatura de calidad, ensayo con un estilo muy cuidado, creación exquisita de poesía y, en definitiva, arte.

Según la paráfrasis utilizada por César Simón, uno de los mejores biógrafos de Juan Gil-Albert y sobrino suyo, en la introducción a uno de sus libros, Gil-Albert mantuvo un pulso entre el estilo y la estética de dificilísima, casi imposible, imitación. “Bordear el amaneramiento no sólo sin naufragar en él, sino explotándolo en la medida en que no se naufraga” fue el ejercicio permanente de su escritura, incisivamente elocuente.

La influencia familiar y la presencia de periódicos en su domicilio de Valencia -donde residió desde 1912, alternando estancias veraniegas en la finca alcoyana de El Salt- fue decisiva en su formación. Hubo una imagen para él premonitoria que se repetía en su adolescencia. La contó en “Crónica General” (1974): “Acabada la cena, en el gabinete junto al comedor, mi padre se tendía en la ‘chaisse-longue’, alumbrado por una lámpara de pie con pantalla de raso salmón, y leía el periódico; mi madre, abría el piano y hacía música. Yo no sabía aún que, a partir de muy pronto, mi vida se debatiría entre esos dos campos que mis padres, bien ajenos a ello, me abrían como posibilidades, la música y la prensa, o sea, el arte y la vida”. Esos diarios solían ser “Las Provincias” y “La Correspondencia”, a los que estaban suscritos en casa, según su primo y biógrafo César Simón.

Su gran originalidad, la calidad de su obra, su independencia, su alcance y su trascendencia como precursor de la renovación poética de los años setenta, sienta las bases de un movimiento generacional y lo convierte en el escritor alicantino más importante de la segunda mitad del siglo XX, un escritor vocacional en el sentido más amplio de la palabra, trocado en el concepto que todos tenemos de un escritor completo.

Juan Gil-Albert observó, hablando sobre Oscar Wilde, uno de sus primeros y más admirados maestros por su prosa y su aguda libertad de pensamiento, que la máxima creación estética fue la construcción de su propia personalidad en forma de exquisitez y refinamiento; esta fusión de vida y forma de entender la literatura aparece no solo en las primeras obras de Gil-Albert, sino que está presente en toda su carrera literaria.

Una de las características más importantes de su obra poética es su constante referencia a la herencia cultural recibida. El autor crea su propio universo a partir de las referencias culturales, en su caso ligadas como símbolo de identidad a la presencia de la cultura Mediterránea, que poseerá para Gil-Albert un valor más unificado y cercano que la España desconocida y hostil de su tiempo.

En Candente horror el autor, más reflexivo que nunca, hizo un enorme esfuerzo por sacar a la luz al hombre enamorado de la belleza en contraposición con las circunstancias negativas e injustas, y la repulsa ante cualquier cosa que destruya la libertad, la paz y la armonía estética de lo clásico. “Es imposible dormir, es inútil huir, cuando se busca justicia” decía Gil-Albert.

Advertimos la representación de lo que para Gil-Albert es la desolación de una sociedad carente de valores a todos los niveles: cultural, filosófico, universitario, o por la indiferencia de los que miran para otro lado sin hacer nada, algo que nos es muy familiar también en nuestros días. Días en los que incluso un instituto que lleva su nombre, el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, ha ido mutando, perdiendo, como una emulación del Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA), su nombre. Sí su nombre, modificándolo en repetidas ocasiones, transformándolo, distorsionándolo, como si tuviera que adaptarse a una nueva época cada vez más decadente, en la que asistimos con vergüenza a la publicación de los que se supone son los poetas más relevantes de nuestro presente en la Comunidad Valenciana en las listas que publica la Institució Alfons el Magnànim de la Diputación de Valencia. Lista que leemos con bastante bochorno salvo casos muy aislados, alejándose cada vez más no solamente de la calidad y estética buscada por Juan Gil-Albert, sino de sus principios, en un intento por fundirse con los intereses políticos y con el amiguismo, consiguiendo desvincularse cada vez más de los Antiguos, de los estudios, de la mitología y de la sabiduría.

Y como hacía con su poesía, donde era capaz de mostrarnos las injusticias, para luego elevarse y enseñarnos, desde las alturas que lo controlan todo, la belleza y cantar a la paz, roguemos porque los nuevos tiempos nos traigan frutos tan excelsos como lo que ha representado, para todos los alicantinos y para la literatura universal, la figura de Juan Gil-Albert.

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