Especial Gabriel Miró: Una genealogía mironiana

Gustavo Sapere | REA nº 23 | Publicado en Noviembre de 2015

Con este Especial publicamos un ensayo magnífico e inédito de Gustavo Sapere que REA editará en cinco partes, sobre la figura de otro alicantino universal: Gabriel Miró. El autor, experto en psiquiatría y pieza clave de estudios como Literatura y periodismo, una historia de relaciones promiscuas, añade grados a esa endémica fascinación intelectual por Sigüenza que es inseparable de su propio autor, el ojo, la piel y el corazón del gran observador estético que fue Miró.

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Sigüenza o el pesimismo compasivo

Ese que miramos y nos mira desde unas fotografías sepia –ropa cansada, cabello perezoso, surcos de perro melancólico y ojos de haber visto demasiado–, ese es Miró. Y aunque no hayamos visto ni a uno ni a otro en carne mortal, ese también es  Sigüenza. No obstante, las peripecias de la criatura no son una colección de confidencias de su autor, disfrazadas de ficción.

Sabemos que el personaje recibió su nombre de un olvidado autor de derecho, que estudiaba el joven Gabriel en su época universitaria. ¿Sería todavía el Tratado de Cláusulas Instrumentales de un dieciochesco Pedro de Sigüenza?  Sabemos que él mismo pensaba publicar, ya por entonces, unas “Crónicas del Licenciado Sigüenza”, que quizás fueron el germen de la obra posterior. Sabemos que la primera obrita de Miró, premiada en un concurso, fue alumbrada el día que el padre del novelista dejaba de ver la luz de este mundo. Así lo cuenta él mismo en Del huerto provinciano:

El mismo día que se publicaba NOMADA, el 6 de Marzo de 1908, mi padre expiraba.

En su agonía serena, dulce, luminosa, de elegido y de sabio sencillo, acongojóse por mí, porque me enlutaba mis primeros pasos artísticos. Su mano se fue enfriando sobre mi frente.

Mi hermano y mi madre le pusieron en el costado del corazón el primer ejemplar que tuvimos de NOMADA.

Así quedó hecha desde entonces la pobre ofrenda, ungida de dolor de orfandad.

El padre justo y bueno muere precisamente cuando el hijo nace a la escritura. Más adelante, este engendrará a su vez un hijo literario que es, exactamente, “un sabio sencillo”. Ese personaje recibe apellido de un hombre ha tiempo muerto, que diserta sobre la ideal justicia del mundo. Ser padre, ser hijo, ser bueno, ser justo, ser sabio, ser huérfano. He aquí a  Sigüenza.

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¿Quién es Sigüenza? Sabemos –y eso nos basta– de alguien que quiso acomodarse a la fiesta de las criaturas inocentes en la naturaleza amable –la huerta y la mar–, sin perder de vista el radical desamparo de los seres. De alguien que no buscó la negrura, aunque no pudo ni quiso eludirla cuando esta le salió al paso, es decir, más mucho que poco. Sigüenza –o Miró–: vulnerable, arrojado a la incierta trivialidad, apenas por excepción indignado. Casi siempre la crueldad y la indiferencia humanas lo dejan encandilado. Así, suspendido por el espectáculo del mal, su respuesta ética no es la proclama, sino un puñado de trazos, una crónica apenas.

Esta es una prosa que muestra un alma. Que jamás la exhibe. Alude, sugiere, lo justo y suficiente para que el resto sea asunto nuestro, del lector, de los lectores. Ese resto puede ser dolor, rabia, desconsuelo, desesperanza –y también ternura, simpatía, piedad, ironía benevolente, amor a secas. Con esta calidad de testigo se presenta Sigüenza. Con esta calidad de testigo se supone Miró. Ninguna soflama, ninguna endecha, ninguna moraleja. Un acta, una constancia. Lo que haga de ello el lector es otra historia. Sigüenza, pues, es a un tiempo, el padre y el hijo de Miró. Cómo no serlo. ¿No despierta en nosotros, sus lectores, una extraña mezcla de piedad filial y ternura de padres?

 

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