Así habló Donald Kuspit

Francisco de Salinas | REA nº 21 | Publicado en Julio de 2015

Donald Kuspit trata el tema: Little Spain en Nueva York, analizando la primera película del alicantino Artur Balder. A algunos el nombre les vendrá a la memoria por obras filosóficas fundamentales como El fin del arte, Nuevo Subjetivismo, Dialectical conversions, o The cult of the avant-garde artist, entre los cientos de publicaciones que avalan a este acreedor de los premios más importantes de la crítica. The Huffington Post, en su edición norteamericana, y El Cultural, en España, han publicado la crítica del crítico entre los críticos, un artículo que, como no podía ser de otro modo, tratándose del autor que se trata y del autor que trata, sienta cátedra desde el peso pesado intelectual que dan los ocho doctorados honoríficos del profesor emérito de la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook.

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Página 5 del Semanario La Voz Hispana de Nueva York, que publicó en papel el artículo de Kuspit hace unas semanas.

El propio Kuspit, cuya cabeza en cierto modo forma parte de la colección permanente del MoMA, no ha sido un extraño a los foros más importantes de las letras y pensamiento españoles, como puede leerse en las páginas de El País, Babelia, ABC o anteriores artículos sobre su obra en El Cultural.

Al autor de El fin del arte le ha interesado lo español en su contexto europeo, si bien se le puede calificar, tan alumno de la Goethe University en Frankfurt, como el gran valedor internacional y el observador estético crucial del movimiento artístico alemán que rompió en la generación de postguerra, con Baselitz a la cabeza (aunque sea, en su caso icónico el de la ‘cabeza abajo’).

No parece casual, entonces, dada la coincidencia o nexo neoyorquinos, que sea el propio Kuspit el que haya hablado alto y claro sobre la primera película de Artur Balder, ‘Little Spain’. El artículo, que delata la ausencia de miedo que caracteriza al intelectual norteamericano cuando se trata de poner las cosas en su sitio, no podía ser más contundente. Será, quizá, que los desmanes de periodistas que se propasan en sus posiciones de corresponsales, como ha sido el caso de Almudena Ariza, han terminado por hacer su efecto en la intelectualidad norteamericana, aunque cada vez queda más claro el interés de la reportera en echar tierra sobre este escabroso asunto que ha delatado ausencia total de ética profesional en RTVE. A la vista de los hechos, queda claro que la violenta campaña de ciberacoso anónimo suscitada contra el director de la película queda en los nichos más chabacanos, pendencieros y bajos de la prensa amarilla de la que malviven los ‘famosos’ de la pequeña pantalla.

Cuando Kuspit compara el arte documental con una ‘hazaña estética’ no necesariamente sometida al simplismo de la descripción (dicho sea de paso, lo habitual en otros trabajos del género inmigración  Estados Unidos, que han venido a imitar el proyecto a lo largo del último lustro) se refiere estrictamente a la capacidad de exponer, a través de la forma cinematográfica por antonomasia, anterior y posterior a la ficción, el conflicto que la emigración acarrea en la mayor parte de los emigrante, pero particularmente la dualidad o lealtad dividida que delatan los españoles en su periplo americano, preguntándose si acaso su americanización no es sino un brillo superficial de su imborrable españolidad.

“Little Spain, una especie de obra maestra” Donald Kuspit:

“Little Spain demuestra que un documental no tiene por qué ser simplistamente descriptivo, sino que puede ser una hazaña estética respetando la sutileza del medio en movimiento. La edición es una actividad creativa, una cuestión de decisiones estéticas así como informativas; el documental de Balder es una obra de arte, moviéndose sutilmente entre diferentes situaciones y personas, mostrando su relación con perspicacia formal así como con precisión empírica. Little Spain es una especie de obra maestra, pues domina la materia que trata al mismo tiempo que muestra la maestría de Balder sobre su medio. Él está tan familiarizado con su medio como con sus Spanish-Americans. Su documental ofrece una especie de experiencia inmanente de la realidad existencial de la vida cotidiana de los españoles-estadounidenses, incluso cuando logra transmitir con riqueza caleidoscópica la complejidad de su entorno en Nueva York, registrando el profundo efecto que este obra en ellos.

Contrapunto alicantino

En medio de este aluvión, el cual, tan hernandiano como que no cesa desde la partida definitiva del alicantino a los Estados Unidos, contrasta con El Cultural lo que durante años ha venido la lacra del suplemento de cultura del diario local Información. Dicho suplemento ha sido el colador de filias, fobias y envidias de quien lo controlaba, José Ramón Giner Mallol. Mezclar a José Ramón con Kuspit en un mismo artículo es un acto sacrílego, aunque en esta efemérides también necesario por lo justo, porque es como unir a apenas unos párrafos de distancia lo que está y estará siempre a años luz o, al menos, en las antípodas de la intelectualidad: el más refinado de los genios, y el más plasta de los mediocres. No es difícil encontrar a Kuspit en el New York Times, Der Spiegel, Los Angeles Times o la Berliner Zeitung, qué más quisiera nuestro José Ramón haber hecho acaso un uno por ciento de lo que el genio Kuspit ha sido capaz de dar al pensamiento o la reflexión crítica. Aunque todo queda en su nivel, y José Ramón Giner, el Diario Información y la Ciudad de la Luz están más o menos en el mismo; todo al final acaba, con aquello de las afinidades electivas que tanto auscultase Goethe, emparejado con lo suyo. Lo habitual, en el caso de los mediocres, suele repetirse como un patrón por doquier: buscan el control de algún medio para, al fin, tratar de imponer criterios que, al poco tiempo de su tiránica imposición, quedan en absolutamente nada. José Ramón Giner Mallol, que se dedicaba a malmeter en esto y aquello desde el pseudónimo de ‘Carlos Ferrater’, se servía de la posición en dicho suplemento para procurar controlar los consejos editoriales tanto de la UA como, y sobre todo, de ese florero decorativo en que se ha convertido el Instituto de Cultura inapropiadamente llamado Juan Gil-Albert, a cuya figura rinde poco o ningún reconocimiento, con ediciones de las obras completas del poeta alcoyano que dan pena por el tamaño de los caracteres o están agotadas. En medio de la palabrería de izquierdas que publica en El País con fines estrictamente políticos para cuidar de sus intereses…, José Ramón y su suplemento fracasaron estrepitosamente en sus predicciones de futuro constantemente, y especialmente equívocos fueron sus augurios sobre el escritor y cineasta alicantino, cobardemente publicados a expensas del propio Diario Información, sin firma, al que José Ramón siempre ha sabido ‘cargarle la factura’.

Aunque a partir de todo esto nos queda claro que Little Spain ya no existe en Nueva York, es historia, y que la actual Little Spain está más cerca: al sur de los Pirineos.

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